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Bajo el puente del olvido: las historias humanas que sobreviven entre la pobreza y la exclusión.


Por: Silvano Pimentel
San Juan de la Maguana.-Bajo las vigas del puente que cruza el río San Juan, en el sector La Mesopotamia, el tiempo parece haberse detenido en una penumbra perenne. Allí, oculto a los ojos de una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado, se esconde un refugio improvisado. Es el dormitorio, el refugio y el último búnker de un grupo de hombres que habitan los márgenes de la existencia. 

Su día a día es una coreografía de supervivencia: recolectar alambres y desechar metales que luego queman en hogueras clandestinas para extraer el cobre. El escaso dinero que reciben se esfuma rápido, dividido entre el pan de la subsistencia y el veneno de las sustancias prohibidas. 

Uno de ellos habla, pero su voz se quiebra antes de terminar las frases. Tiene los ojos inundados por un llanto viejo, guardado por años, y el rostro profundamente curtido por la intemperie, el desamparo y el frío de la exclusión. 

Con una honestidad brutal, confiesa que consume drogas para "sentirse bien", una tregua efímera y artificial para escapar, aunque sea por unas horas, de una realidad que le lacera el alma. Su piel es el mapa de un dolor crónico. 

Su relato es el eco de una tragedia que comenzó hace décadas. Creció huérfano de padre, y en 1985 la última luz de su infancia se apagó cuando su madre decidió quitarse la vida. Desde entonces, ha deambulado por el asfalto, haciendo lo que sea necesario para no morir. Entre lágrimas, confiesa que los narcóticos no son un vicio por placer, sino la única anestesia que encontró para sepultar los recuerdos de aquella pérdida que descarriló su destino para siempre. —No somos solo nosotros dos —dice, señalando la silueta de un compañero que comparte el frío de esa cueva de concreto. 

En las entrañas del refugio, desafiando la miseria circundante, resalta una estampa de la Virgen de la Altagracia. Está colocada con un respeto místico entre las tablas carcomidas que simulan ser paredes. El espacio cuenta incluso con una puerta artesanal, un tierno intento de reclamar dignidad y privacidad en un mundo que les ha negado ambas. Al fondo, sobre la implacable plataforma de cemento, un pequeño colchón gastado hace las veces de cama. 

Resulta estremecedor imaginar cómo logran conciliar el sueño. 

A solo unos metros sobre sus cabezas, el puente ruge a cualquier hora del día o de la noche. Camiones pesados, motocicletas y patanas cargadas de varillas y cemento avanzan con rumbo a la frontera, haciendo que toda la estructura tiemble con una vibración violenta y metálica. Sin embargo, en medio de ese terremoto cotidiano, ellos duermen, cobijados únicamente por la costumbre y una desgarradora resignación. 

En los alrededores nadie sabe a ciencia cierta cuándo entraban o cuándo salían ; son fantasmas diurnos y nocturno. El único rastro de calidez en ese submundo es un perro pequeño, una mascota leal que les regala su compañía incondicional en una vivienda donde el amor es un lujo inaccesible. 

Durante una reciente intervención en el lugar, las autoridades hallaron varios machetes oxidados, armas blancas que estos hombres mantenían como último bastión de defensa contra los peligros de la noche. Las herramientas fueron entregadas a la Policía Nacional, despojándolos incluso de su rudimentaria seguridad. 

Esta escena no es un hecho aislado, sino el reflejo de un drama humano tan doloroso como habitual: el de vidas atrapadas en el laberinto de la pobreza extrema, la adicción y el abandono. Es una herida abierta y latente que supura en los países en desarrollo, pero que también se esconde en las grandes avenidas de las naciones más prósperas del planeta.

Detrás de cada silueta que duerme en la calle hay una biografía rota que casi nadie se detiene a escuchar. Son crónicas de ausencias, quiebres familiares, mentes enfermas y puertas que jamás se abrieron. Bajo ese puente no solo se desmanteló un refugio marginal; se desnudó, en toda su crudeza, el rostro de una sociedad que camina de prisa, ignorando que la tragedia humana respira justo debajo de sus pies.