Alcohol, hookah, drogas y sexo

A los ojos de todos, sin miedo al qué dirán ni mucho menos a las consecuencias, nuestros adolescentes están encontrando muchas puertas abiertas para sus vicios y desenfrenos, a contrapelo de normas y leyes que prohíben esos desafueros.

Que sus fiestas estén regularmente saturadas de alcohol, hookah y drogas, aderezadas con música y bailes que incitan al sexo o a los actos pornográficos, no parece ser un asunto que preocupe a la mayoría de los padres o adultos responsables de las buenas costumbres de estos adolescentes, que privan de ser hombres y mujeres emancipados.

Estos adolescentes conforman el 35 a 40 por ciento de la población que consume bebidas alcohólicas en el país, y por eso no es extraño que haya aumentado escandalosamente el número de jóvenes que mueren a destiempo por ataques del corazón, accidentes cerebrovasculares o insuficiencias renales.

También mueren muchos en accidentes de tránsito, por culpa de la ingestión de alcohol u otras sustancias que nublan los sentidos, mientras más y más jóvenes féminas, entregadas sin cuidado al sexo temprano, quedan embarazadas o contagiadas por enfermedades venéreas.

Con frecuencia, las autoridades informan de operativos en bares, restaurantes, discotecas y otros centros en los que detectan a adolescentes y menores tomando tragos o ejercitando la prostitución. Esos negocios son multados o cerrados temporalmente, pero el problema todavía no se ataca de raíz.

La bien fundada percepción de que vivimos en una sociedad viciada ha obligado a la Dirección Nacional de Niños, Niñas, Adolescentes y Familia a concertar un acuerdo con los organizadores de una fiesta electrónica en Cap Cana para prevenir que el vapeo de los inhaladores de sustancias raras, la bebentina sin control, la vulgaridad de los bailes y las drogas que nunca faltan para poner “heavy” sus consumidores, les pongan más sabor de la cuenta al espectáculo.

Plausible, pero difícil de lograrlo, en medio de este clima de libertinaje y de desacatos.

Reconocemos el interés de las autoridades. Ese es su deber ineludible, y la ciudadanía sensata debe respaldarla en estos propósitos. Vivimos, penosamente, en una época que parece regida por otros “valores” que no encajan con el apego a normas, leyes y las buenas costumbres, que antes eran paradigmas de civilización y decencia. 
Editorial Listindiario.com

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