¿Y qué vaina es?

Por Manauri Jorge
Hoy más que nunca la sociedad dominicana necesita de profesionales en la conducta, especialistas que puedan comprender, descomponer y proponer nuevas alternativas para la materia intangible que pulula en la parte más pesada del cuerpo. La atmósfera está cargada de pesimismo, la tolerancia perdió su elasticidad y pareciera como si la guagua de Juan Luis Guerra aceleró su reversa involutiva, abandonamos el asfalto para regresar a las cavernas, quizás a las ramas.




Recuerdo como ahora la primera vez que tuve la oportunidad de escribir para un periódico nacional, aquel artículo de opinión donde preguntaba qué nos pasa como sociedad y, una década y pico después, la pregunta sigue latente, esta vez con matices más sangrientos, con episodios interminables de esta maldita novela que desencadena muerte. La salud mental en esta media isla está jodona, el sentido de alerta está al tope y, ante el mínimo asomo de amenaza, sacamos sangre en el prójimo.

¿Qué tan grave es la situación? 
Hace unos meses el Ministerio de Salud Pública confesó que cerca del 30 % de los criollos necesitan atención del caco. Suicidios a la orden del día, homicidios al 2 por 1, la depresión endulzando el café matutino, las adicciones de compaña, el estrés para merienda y unos niveles de ansiedad tan calientes que usted le pone un huevo arriba y se fríe. Dicen los que saben que el problema viene por frustraciones, la incapacidad de procesarlas y superarlas. Analicemos los factores…

La creciente migración hacia las zonas de mayor productividad elevan su demografía y eso conlleva a que mucha gente viva en poco espacio, lo que también se combina con unas autoridades incompetentes que no son capaces de controlar este fenómeno ni brindar un servicio eficiente de las cosas básicas. Imagine un tumulto de personas en una comarca sin agua, sin energía, sin salud, sin educación, sin alimentos y sin trabajo, eso es una bomba de tiempo.

Por un lado tenemos sobre el lomo la incapacidad de vivir una vida digna y por el otro la frustración de querer vivirla con el boato que no aguantan nuestros bolsillos. Es obvio que sentiré impotencia si no logro cubrir mis gastos con el poquito ingreso que tengo, sería chulísimo si la educación financiera estuviera en las aulas, pero eso no le dejaría ganancia a los que cobran con mora, incluyendo el Estado. A eso súmele el consumismo irracional y me dice qué sancocho le da. No puede faltar el estrés de la vida posmoderna, el afán de hacer mucho en poco tiempo. Y quizás no sea por placer, sino que asumimos más tareas de la cuenta para poder cubrir los gastos que nos permiten un poquito de comodidad. 

Un solo salario no alcanza para mucho, a menos que seas un funcionario de mediano o alto nivel que gana hasta para reírse los días 12 y 21. Ese afán de abarcar tanto dispara los niveles de cortisol y el sistema endocrino parece una zona franca en la India. Si no descansamos, el cuerpo no se relaja y esa tensión explota con la mínima fricción.







La contaminación del ambiente también influye mucho en la salud mental porque los niveles de ruido desencadenan frustración colectiva, los cambios de temperatura modifican el ánimo de las personas, los elementos nocivos en el aire no permiten respirar nada sano y la carencia de un entorno visualmente relajante también perjudica las emociones. Si nos conectamos al mundo virtual la bipolaridad y victimización se cuelan por los perfiles; hay quienes aparentan lo que no son y quienes son aunque no aparenten.

Por último hay que mencionar el ser en su individualismo colectivo, esa noción de que solo importo yo y el otro que se lo lleve el del tridente. La vida en comunión precisa de relaciones interpersonales sanas, pero para que eso sea posible requiere de mortales estables y de esos quedan pocos. La inteligencia emocional nos ha quedado corta, en el manejo de las emociones reprobamos a cada rato y todo eso, en esta licuadora urbana, da un licuado desgarrador.

¿Soluciones? 
Diría que más psicólogos y psiquiatras al servicio de todos, pero es que les pagan tan pocos que ellos son los primeros en entrar a consulta y rendirse ante laas carencias. La educación familiar pudiera ser la panacea, sin embargo, las familias funcionales –no las parentales- están en decadencia. Y si nos vamos a las escuelas, ahí es donde la piña se pone agria porque quienes forman necesitan más formación que los sentados.

Pudiéramos tirarle el dado al Estado, pero la culpa no es del todo suya –nuestra- porque es muy difícil controlar el gatillo de un pendejo que está llamado a protegernos. Ya no queremos más muertes por un parqueo, por una basura, por una pendejada en el tránsito, por un besito mal intencionado o por intolerancia. Ojalá y pudiera reinar la conciencia colectiva, pero no sería justo hacerme (eso mismo) mentales cuando sé que ni el diablo aguanta tanta tensión. Imploro que hagamos lo necesario para volver a donde nos torcimos. Si seguimos así pronto solo seremos homo, lo de sapiens estará flotando en el retrete de la cracia sin demo.




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