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Corea del Norte decidió suicidarse

"Corea del Sur es el demonio y lo venceremos. Estados Unidos es el demonio y lo venceremos. Japón es el demonio y lo venceremos". 

Las sentencias, repetidas como un mantra por Ri Chun Hee —la conductora de la Televisión Central de Corea del Norte— resuenan infinitas veces en los oídos de los norcoreanos. 


Como autómatas, absorben y repiten la falsa fascinación: "Corea del Sur es el demonio y nuestro líder supremo vencerá. 

Estados Unidos es el demonio y nuestro líder supremo vencerá. Japón es el demonio y nuestro líder supremo vencerá". 

Esas supuestas verdades absolutas que pronuncia Chun Hee, con voz marcial, enfundada en un pintoresco y colorido traje, un pin de la bandera roja y azul con la estrella comunista y un peinado que enmarca su rostro de forma simétrica, es la única fuente a la que tienen acceso: radio oficial, tevé oficial. 

Nada más. Para la cúpula de la dictadura de Kim Jong Un internet es un pecado de Occidente. Pero lo que Chun Hee jamás podrá pronunciar será lo que sucede en verdad en la dictadura de Corea del Norte, el país más aislado de la Tierra. Y mucho menos lo que ocurriría si se desatara una guerra de gran escala. 

Allí, del total de la población de 25 millones de habitantes, solo cinco mil gozan de los placeres de pertenecer a la élite gubernamental, entre burócratas y generales. Esa casta social, partidaria, militar y económica sabe bien que su población no podría sobrevivir a una guerra convencional y, mucho menos, a un conflicto nuclear. 

El resto de los ciudadanos —repartidos entre la capital Pyongyang y la vida en el campo— padece las consecuencias de una dictadura enfocada en la principal obsesión de su conductor, Kim Jong Un: el desarrollo misilístico con capacidad atómica. 

Ese plan ciego del nefasto Líder Supremo es el que desangra a cada hora la calidad de vida de su pueblo, el mismo que padece las sanciones económicas que le son —y seguirán siendo— impuestas al régimen por su obstinación atómica. 

Los ejemplos de ese sufrimiento son claros y dramáticos. Ese desarrollo nuclear es el que provoca que los niños de Corea del Norte padezcan severos trastornos de malnutrición. 

El déficit en el desarrollo físico de los menores en el régimen de Kim es evidente. En promedio, un menor de cinco años en el norte de la península mide 9 centímetros menos que uno de su misma edad en el sur. 



El desarrollo físico y mental guarda una relación directa con las dificultades para comer y el casi nulo acceso a una amplia variedad de nutrientes del lado menos avanzado del paralelo 38. Pero además de esas deficiencias alimentarias, los niños serían las primeras víctimas de un conflicto armado. 

La franja etaria de entre 0 y 14 años representa el 20 por ciento de la población norcoreana. Son más de 5.000.000 de niños. Sin posibilidad de refugiarse en búnkeres o bajo tierra, serían las primeras bajas de un conflicto bélico que se cree inminente. 

Los búnkeres, desde luego, ya están reservados, aunque esos mismos privilegiados de la dictadura hagan creer a sus ciudadanos que podrán vencer a los demonios en una guerra nuclear. 

De desatarse una escalada bélica y de concretarse la opción más drástica —la atómica—, Pyongyang quedaría reducida a cenizas. Pero esta vez no tardaría tres años como en el anterior conflicto bélico. 

En esta ocasión solo demandaría entre cinco y quince minutos su devastación, según diversos cálculos hechos por especialistas militares. Pero la responsabilidad de lo que ocurre allí no es solo del heredero dictador. 

Los miles de norcoreanos desparramados a lo largo del globo también juegan su papel. Son ellos quienes no levantan sus voces contra un régimen extemporáneo que quiere hacerle creer a su población que podría salir triunfante de una guerra con los Estados Unidos. 
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