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Estas eran las comidas favoritas del Dr. Juaquín Balaguer

En una angosta habitación de la avenida Máximo Gómez número 25, parte atrás, de la capital en el centro de una pequeña mesa del comedor hay un recipiente en aluminio de dos por tres pulgadas; en su interior se guarda un puñado de azúcar moreno claro, con sabor a caramelo, desde el fatídico jueves 4 de julio de 2002.



Inamovible desde aquel día por el celo con que se cuidan las más esenciales pertenencias del dueño de aquella modesta moraba, se encuentra -además- la silla que solía usar esa figura que gobernó la República por 22 años, el ciudadano que despachó y observó la forma cómo lidiaba Rafael Leónidas Trujillo con el poder y con sus enemigos. 

Después de dormir dos horas, justo en la alborada, comenzaba sus labores matinales aquel hombre austero, impresionantemente culto y solitario. 

Ese día no llegó a posar las asentaderas en el lugar habitual donde desayunaba de cara al sol. 

Aunque tres sillones más completan la mesa del comedor personal, casi nunca nadie le acompañó. Como siempre, esa mañana se dispuso el desayuno en la mesa, pero una vida de 96 años, buena parte de los cuales estuvo sometida a las intensas batallas políticas, ese jueves no pudo más. 

Su salud, aquejada de una úlcera sangrante, se deterioró y hubo de ser llevado a la clínica Abreu de la avenida Independencia. Prefería plátano verde hervido con leche, que alternaba con harina de maíz con sal, o tostada con aceite de oliva. 

Un hombre con la posesión del poder por tanto tiempo, se pudo haber encaprichado con los platos más exquisitos de importación, pero al mediodía se inclinaba por arroz, habichuela y carne, más cargado de habichuela para degustarla con una cuchara.

“Ese almuerzo podía alternarlo con tostones gigantes. 

En la noche, no solía cenar porque en horas de la tarde hacía una merienda de dulce de cajuil con galletas, para concluir su ingesta de alimento del día. 

El jugo de jagua, ciertamente, era su favorito”, cuenta Herrera, una mujer que saltó de su colegiatura del bachillerato, a los 19 años, a trabajar en la casa, en el año 1980. 

Discreta como su jefe, narra que en no pocas ocasiones, Balaguer devoraba poncheras de mango que él mismo lavaba. 

Los helados de Manresa contaban entre la predilección de uno de los mandatarios más experimentados desde la fundación de la República. 

Terminado el ritual matinal, se sentaba en el sofá del despacho familiar ubicado próximo a sus habitaciones. Leer más aquí...13/07/2017.

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