Por Marino Beriguete
Repùblica Domincana.-Los partidos suelen creer que los problemas pertenecen siempre a los demás. Mientras ocupan el poder observan las derrotas ajenas con cierta tranquilidad, convencidos de que esas historias nunca llegarán a repetirse dentro de sus propias organizaciones.
Después descubren que la memoria política tiene la costumbre de regresar cuando menos se espera.
La convención nacional de delegados del PRM dejó escogidas sus principales autoridades.
Luis Abinader asumirá la presidencia del partido, Juan Garrigó la Secretaría General y Gloria Reyes la Secretaría de Organización. Terminada esa jornada comienza otra bastante menos cómoda. Ahora corresponde organizar unas primarias capaces de producir un candidato presidencial sin que el partido termine dividido antes de empezar la campaña.
Nadie discute el derecho de los dirigentes a competir. Sería extraño que una organización con varios líderes relevantes no tuviera aspirantes.
La cuestión nunca ha sido la competencia.
El verdadero problema aparece cuando cada aspirante comienza a pensar que el partido existe únicamente para satisfacer sus propios intereses y que cualquier decisión desfavorable merece convertirse en motivo de conflicto permanente.
La política dominicana ofrece un ejemplo demasiado conocido para ignorarlo. El PRD fue durante años la organización con mayor capacidad para movilizar electores. Ganó elecciones, formó gobiernos y reunió dirigentes de enorme influencia.
Sin embargo, poco a poco fue acostumbrándose a resolver sus diferencias mediante enfrentamientos públicos, desconfianzas internas y disputas que terminaron ocupando más espacio que las propuestas para el país.
Aquella situación no apareció de repente. Fue creciendo elección tras elección. Cada conflicto dejaba una pequeña herida y la siguiente discusión encontraba un partido menos dispuesto a escuchar, menos interesado en cumplir las reglas y mucho más preocupado por las candidaturas.
Cuando los ciudadanos comenzaron a percibir ese ambiente, también empezaron a buscar otras alternativas.
Precisamente de esa experiencia nació el PRM.
Buena parte de sus dirigentes conocieron desde dentro las razones que provocaron aquella fractura.
Prometieron construir una organización diferente, con instituciones fuertes, normas respetadas y mecanismos internos capaces de evitar que los desacuerdos terminaran destruyendo el proyecto colectivo. Esa promesa recibió respaldo ciudadano y abrió el camino hacia el Gobierno. Ahora llega el momento de comprobar si aquellas lecciones fueron realmente aprendidas. Gobernar un partido suele resultar más complicado que administrar una victoria.
Las ambiciones aumentan cuando el poder está cerca y disminuye la paciencia para esperar el turno correspondiente.
Luis Abinader, Juan Garrigó y Gloria Reyes tienen desde ahora la responsabilidad de garantizar igualdad de condiciones para todos los aspirantes, impedir ventajas indebidas y preservar la cohesión interna.
No parece una tarea sencilla, pero tampoco resulta imposible cuando existe voluntad de respetar las reglas.
El PRM todavía dispone de tiempo suficiente para demostrar que aprendió de la experiencia ajena y también de la propia.
Si consigue celebrar unas primarias transparentes, aceptar sus resultados y mantener la unidad, habrá enviado un mensaje de madurez política. Si olvida las lecciones del pasado, descubrirá demasiado tarde que la historia rara vez concede excepciones.
Ahora las fuerzas internas se reducen a tres, y entre ellas tendrá que resolverse cualquier conflicto que surja en torno a la elección del candidato. Pero de eso hablaremos en el próximo artículo.
