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Hacer un periódico tangible con lo intangible

El veterano periodista, Miguel Franjul, director del Listín Diario, nos ofrece un retrato de cómo la redacción física se convirtió en redacción virtual en tiempo del Coranavirus.

Un retrato de cómo hacer un periódico en tiempo de crisis .La enseñanza que nos deja la pandemia del Covid-19. Vale la pena leer, nos informó la actual presidenta del Colegio Dominicana de Periodistas (CDP), Mercedes Castillo.

Por Miguel Franjul
Pasar de un modelo casi artesanal para la producción de un diario impreso a otro en el que la mayoría de las tareas se hacen electrónicamente fue una de las más emocionantes experiencias en mi carrera de medio siglo.

En el nuevo ecosistema del periodismo, acostumbrados ya a un modelo de Redacción combinada impresa-digital, las prioridades del trabajo obligaban a un gradual toque de péndulo para que, en lugar de mantener al diario en un enfoque de primicias, lo fuésemos convirtiendo en una plataforma más sobria en términos de contenidos profundos, análisis, crónicas y reportajes, géneros periodísticos de ocasional uso.

En esos esfuerzos concentrábamos nuestras estrategias de reinvención hacia la prioridad digital, vislumbrando un futuro ya definido por las tendencias de las nuevas generaciones de usuarios que reemplazan la edición en papel por la electrónica.

Lo que nunca me había pasado por la mente era que un periódico impreso pudiera confeccionarse desde una sala de Redacción prácticamente vacía debido al urgente confinamiento de todo el personal, como medida de precaución ante la llegada de la pandemia del coronavirus.

Esta inesperada situación de emergencia nos puso de pronto bajo un novedoso y retador esquema: hacer el trabajo desde los hogares y con un mínimo número de reporteros en la calle.

Sin la tecnología digital, que formaba parte intrínseca de nuestro modus operandis en la etapa de la reinvención, no hubiésemos podido experimentar el inigualable reto de producir el impreso como si todos estuviésemos presentes en la Redacción.

El secreto fue convertir nuestras casas en “mini-redacciones” y desde ellas, conectados por la red de teleconferencias, nos distribuíamos las tareas, apoyados, eso sí, en un equipo mínimo para coberturas callejeras y para el maquetaje y llenado de las páginas electrónicas, que luego se despachaban a rotativas, donde si había otro personal de operarios y repartidores.

Nos dimos cuenta que, en términos reales, dedicamos más horas de lo normal al trabajo y que el proceso se hace más inclusivo, porque nadie, por su jerarquía, quedaba exento de empujar la carreta. Más miradas sobre cada una de las fases de confección nos ayudaron a forjar una estrategia consensuada en los contenidos.

Y hasta dos periódicos de formato tradicional, pero en edición web, inauguramos en esta etapa: Lecturas de domingo y Extra, reportajes de investigación, que nos preparan tempranamente para un futuro totalmente digital, no importa si es en condiciones normales o en modo remoto, como obligadamente nos impuso esta pandemia, una de sus pocas cosas buenas.

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