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Orlando Martínez, “que le costó la vida”

Por Rafael Pineda/16/03/2017.
El 17 de marzo 1975, cayó abatido a balazos en Santo Domingo el periodista Orlando Martínez. Al cumplirse 42 años del asesinato la sociedad dominicana recuerda el aniversario del crimen con actos dedicados a honrar la memoria de quien fuera no solamente un buen periodista, un buen dominicano y un patriota, sino además un quijote de la libertad de prensa que con su pluma se puso en la vanguardia de la denuncia contra la desigualdad social y el horror que padecía la República en esos días. 


La pluma de Orlando estaba al servicio de la lucha por el nacimiento de una democracia plena. Y de libertades públicas totales. 

Fue emboscado por agentes civiles y militares que cumplían una misión prescrita por la más alta instancia del gobierno. Entregó su vida en el nombre de los dominicanos. 

En el nombre de generaciones de periodistas y de la libertad de prensa en Latinoamericana. En el mismo momento que bajo todo riesgo publicaba sus artículos, la libertad de expresión estaba socavada también por otras dictaduras imperantes en muchos de los países de Latinoamérica, en Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay, Nicaragua, El Salvador, Guatemala. 
Él denunció todos los casos. Orlando Martínez fue periodista, con estudios de contabilidad y sociología. Ejerció como reportero en Radio HIN y como director de la revista Ahora y jefe de redacción de El Nacional. Medios de gran alcance y popularidad. 

Con sólo 31 años era el periodista más leído de los años 70. Sus columnas Microscopio y Comentarios de Poca Tinta tuvieron tanto impacto en la conciencia nacional que en numerosas ocasiones pusieron a temblar al régimen de Balaguer y además sirvieron, no en pocos casos, para impulsar la reorientación de las agendas. 

La libertad de prensa que hay en la República Dominicana hoy, no existiera si hombres como él no hubieran desafiado el yugo que el gobierno de Joaquín Balaguer le imponía a toda forma de libertad, pero fundamentalmente a la de opinar. 

Orlando influyó en la toma de conciencia ciudadana. Hizo valientes enfoques sobre cómo operaban los emporios mineros y azucareros, y cómo estos afectaban los intereses de sus trabajadores, de la soberanía nacional y el bienestar general. 

Orlando vio que el campesino jugaría un papel importante como fuerza progresista de la sociedad dominicana y tomó a este sector como sujeto de estudio en momento que se producía un impetuoso movimiento agrario. 

 Veía que la nueva comunidad campesina nacería de cualquier forma. Un año antes de su muerte escribió: “Los campesinos de este país, y más rápido de lo que muchos piensan, dirán presente en la historia nacional.

Para hombres como ellos escribió el poeta Rafael Alberti estos versos: Los amedrentados, los desposeídos, los asesinados, los resucitados, unidos de pronto se resuelven, ¡ah, cuando se revuelven, ay, cuando se revuelvan!” Orlando tenía muchas lecturas y por consiguiente poseía un excelente dominio de la cultura universal, recurso al que recurría para reforzar sus artículos en los que las citas de Paul Éluad, Romaind Rollan, Pablo Neruda, Miguel de Cervantes, León Felipe, Bran Stoker, Bertolt Brecht, Julio Cortázar, y otros, eran frecuentes. 

Estudió profundamente las causas que estimulaban la rebelión del campesinado, no cejó ante las amenazas y sacó a relucir las consecuencias que se tendrían que pagar si no se hacían los correctivos al inicuo sistema de tenencia de tierra. Por esa situación, causante de la marginalidad rural, murió Mamá Tingó en Yamasà, y surgió el potente liderazgo de Zoilo Ramos, Mario Ogando, Ángel Ramírez, Lauro Romero y Pedro de León. 

Orlando murió por lo que escribió y por la forma clara, diáfana, punzante y creíble que utilizaba para externar su pensamiento. Con su muerte se convirtió en un mártir de la libertad de prensa. 

 Su pensamiento es luz que se refleja en los cielos de América Latina iluminando a quienes creen que la libertad de pensar, de decir, de estudiar y de leer todos los tipos de libros y a tener acceso a las ideas, sin dogmas ni ataduras de ninguna especie, es un derecho inalienable de todos los seres humanos. 

 Nunca utilizó un lenguaje enmarañado. Se expresó con admirable singularidad usando un verbo sencillo, común a todos los mortales de la República Dominicana.

Entre otros periodistas de la misma generación que tuvieron un lúcido ejercicio desafiando las mordazas que imponía el régimen de Joaquín Balaguer, voy a citar algunos nombres: Rafael Herrera, Julio César Martínez, Emilio Herasme Peña, Margarita Cordero, Víctor Grimaldi, Radhamès Gómez Pepín, Silvio Herasme Peña, Pedro Caro, Freddy Gatòn Arce, Arsenio Hernández Fortuna, Raúl Pérez Peña, Rafael Molina Morillo… 

¿Surgirá en la Republica Dominicana otra generación de periodistas como ellos? 

Como lector de sus artículos que fui, al cumplirse un nuevo aniversario del crimen recuerdo a Orlando de manera especial porque su conducta y ejemplo son una inspiración. 

Por la nobleza de su savia transparencia, por la honestidad de su ejercicio profesional y por su vida breve, pero productiva. 

Leer hoy sus artículos publicados en los libros Microscopio l, ll y lll, es refrescar y ponerse al día con la mayor puntualidad sobre los hechos de una época marcada por la sangre, y por la presencia de una generación que supo contestar con gallardía los horrores de la injusticia. 

Es ilustrarnos sobre la realidad de aquellos y de los nuevos tiempos. Orlando aspiraba a una sociedad especial y en sus escritos tocó todos los temas. Escribió: “Una sociedad donde el terror sea el gran ausente, el eterno y único exiliado involuntario”. Sobre su aspiración a una sociedad de justicia, escribió: “Quiero una justicia social profunda. Pero también quiero una libertad social sin trabas. 

Derecho no solo al vestido, a la casa, a la comida. Sino también acceso a todos los tipos de libros, y posibilidad de investigar y conocer, todo cuanto mi espíritu quiera investigar y conocer”. 
Orlando Martínez, es digno de que se le recuerde de diversas formas. En San Juan de la Maguana se construyeron una plaza y un hermoso monumento donde los ciudadanos, en especial los periodistas y los estudiantes, le depositan flores cada año. 

También hay un museo, probablemente el único de su género, donde se exhiben la última ropa que vistió, su camisa manchada de sangre, sus libros de publicación póstuma, artículos, fotografías familiares, postales de sus viajes por Europa y América y otros objetos de su uso. 

La existencia de este museo demuestra que en la República Dominicana no se ha perdido la memoria. 

 Ahora: ¿Surgirá otra generación de periodistas como él?

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